El palomino ya estaba presente en el Quijote, “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino por añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”. Estos palominos, los denominaban “duendos”, es decir domésticos.

El pichón bravío ha sido siempre un manjar de reyes, el emperador Carlos V, en el monasterio de Yuste desayunaba cada día unos cuantos pichones asados.

Además, el manual del perfecto cocinero de Soler Monés, de 1930, contiene nada menos que 672 recetas para cocinar sus pichones del Prat.

También conocemos Le Guide Culinaire, de Auguste Escoffier, cuyo inagotable catálogo de propuestas no dejaba lugar a dudas sobre la versatilidad del producto: pichón a la bordelesa, a la financiera, a la paisana, en Crapaudine, en papillote, al minuto, a la epicuriana, a la inglesa, a la diplomática, etc.